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Hablemos de futuro, de sueños y de esperanza


Hablemos de futuro, de sueños y de esperanza

TEXTO DE ESTUDIO: Ez 37,1-14

PARA ABORDAR EL TEXTO

1. Leer con atención Ez 37,1-14

2. El local puede ambientarse estableciendo un contraste entre plantas y flores secas y plantas y flores verdes. En el medio puede colocarse una vela simbolizando el espíritu que transforma la muerte en vida.

2. Se puede pedir al grupo elaborar una lista, en dos columnas, de diferentes situaciones de vida y de situaciones de muerte que vemos en nuestro mundo.

3. Identificar los personajes principales del texto.

4. Identificar los verbos y palabras claves.

CONTEXTO HISTÓRICO

Para una real comprensión del libro de Ezequiel es necesario situarse en los trágicos años que precedieron a la caída del reino de Judá y en las tradiciones del exilio babilónico. La catástrofe de Judá no sólo significó la perdida de la tierra, sino crisis de identidad y de fe, además de vivir en un constante peligro de pérdida de la identidad y de asimilación por la cultura de los dominadores.

Pero la desaparición de la monarquía, la destrucción de la ciudad de Jerusalén y del templo, así como la pérdida de la tierra, no sólo significó una catástrofe en lo social y político, sino que significará, además, el fin de los pilares en los que se sustentaba el pensamiento teológico pre-exílico. Por tanto, por los propios datos que el libro aporta, podemos situar el ministerio de Ezequiel entre el 593 y el 571 a.C. De manera que para entender el horizonte de lectura del libro de Ezequiel se hace necesario repasar los sucesos de la última década de vida de Judá.

La década que va del 597 al 587 a.C. fue una década trágica. Durante este período Judá se encuentra dividido en dos partes. Una parte fue desterrada a Babilonia y la otra permaneció en Judá. En aquella primera deportación el rey Joacim, la reina madre, los altos oficiales y los ciudadanos principales, junto con un enorme botín, fueron  llevados a Babilonia (2 R 24,8-17).

El tiempo que siguió fue un tiempo, de mucha agitación y disturbios. Sedequías, tío de Joacim, colocado como rey por los babilonios (2 R 24,18-20), no era la persona indicada para dirigir los destinos del país. Fue un rey débil e incapaz de resistir a los nobles que lo asediaron (Jr 38,5). Además temía al pueblo (Jr 38,19). También su posición era ambigua porque su sobrino Joacim era todavía considerado el legítimo rey. Textos descubiertos en Babilonia muestran que Joacim era tenido por “rey de Judá” en la corte babilónica. Hay jarras de barro que tenían la inscripción “Eliakim, mayordomo real de Joacim”[1]. Esto demuestra que formalmente la corona era suya. Además, muchos en Judá deseaban su retorno. De manera que esta situación creaba una situación de inestabilidad.

En el año 588 a.n.e. se forma una rebelión en Jerusalén contando con la ayuda egipcia. La reacción de los babilónicos no se hizo esperar. En 587 a.C. bloquean Jerusalén (2 R 25,2 y Jr 52,16), la cual finalmente capitula en Julio del mismo año ante el empuje del ejército babilónico. Posteriormente, en Agosto, la ciudad y el templo son incendiados y destruidos (2 R 25,8-10; Jr 52,13-14). Todas las personas que tenían alguna posición importante son desterradas e irán a reunirse con los deportados del 597 a.C. El reino de Judá había desaparecido para siempre.

Y ciertamente la destrucción de Jerusalén y el templo fue un hecho traumático, tanto en términos políticos y sociales como religioso. El libro de Lamentaciones así lo proclama: “Nunca creyeron los reyes de la tierra ni cuantos moran en el mundo que el enemigo y el adversario entraría por las puertas de Jerusalén”. (Lm 4,12)

Entramos así en el llamado exilio babilónico. Pero el grupo de judaítas que fue llevado a Babilonia no eran los más pobres, eran las elites. Los más pobres quedaron en la tierra. Pero de cualquier manera exilio no es solamente deportación, es también opresión, pérdida de esperanza y vida indigna. Y para los judaítas exilados significó también el sentirse abandonados por Dios. Para ellos en tierra extranjera, fuera de Jerusalén y su templo, no había como cantar a Dios y mucho menos comunicarse con Él. Así lo testimonia el libro de los Salmos: “Y nos pidieron nuestros deportadores cánticos, nuestros raptores alegría: ‘Cantad para nosotros un cantar de Sión’. ¿Cómo podríamos cantar un canto de Yahvé en una tierra extraña?” (Sal 137,3-4a). Y esta desesperanza es destacada también en el texto que nos proponemos analizar: “Se han secado nuestros huesos, se ha desvanecido nuestra esperanza, todo ha acabado para nosotros” (Ez 37,11).

Es en medio de este horizonte de crisis social, política y religiosa en el que se ubica el mensaje del libro de Ezequiel y de nuestro sacerdote-profeta. Es en medio de ese desespero que Ezequiel se dirige a sus compatriotas, para hablar de futuro, para hablar de sueños, para hablar de esperanza. Así, en una visión/experiencia fantástica y maravillosa, Ezequiel ve la gloria de Yahvé. Pero no la ve en Jerusalén, ni en el templo. La ve en otro lugar, junto al río Kebar (Ez 1,3), en Babilonia, entre los deportados: Me levanté y salí al campo; y he aquí que  la gloria de Yahvé estaba parada allí, semejante a la gloria que yo había visto junto al río Kebar; y caí rostro en tierra” (Ez 3,23). Y al identificar la presencia de Yahvé entre los exilados nuestro profeta realiza un gran descubrimiento. Yahvé no estaba sólo en Jerusalén. No estaba sólo en el templo. En medio de la crisis y la desesperanza Yahvé, por medio del profeta, aseguraba que en tierra extraña seguía caminando con su pueblo para dar vida y esperanza de retorno a la patria perdida:“Infundiré mi espíritu en vosotros y viviréis, os estableceré en vuestro suelo, y sabréis que yo, Yahvé, lo digo y lo hago” (Ez 37,14).

UN PROFETA-SACERDOTE LLAMADO EZEQUIEL

Las referencias biográficas con relación a Ezequiel son escasas. Pero su propio nombre hebreo, que significa Dios es fuerte, vinculado a un personaje asociado a la profecía, presenta connotaciones programáticas relevantes y pertinentes[2]. Sabemos que pertenece a la tradición sacerdotal (Ez 1,3). Sin embargo, Ezequiel no fue el único sacerdote que se convirtió en profeta, Jeremías también pertenecía a una familia de sacerdotes (Jr 1,1). Y aunque no sabemos con seguridad si Ezequiel ejerció alguna vez funciones sacerdotales en Jerusalén, ciertamente conoce muy bien el santuario (cf. Ez 8). Pertenecía por tanto a una clase educada y conocedora de las tradiciones religiosas de su pueblo. Además, si bien como sacerdote es heredero de las tradiciones del templo, su experiencia personal con Yahvé, que tiene lugar en pleno exilio, junto al río Kebar (Ez 1,3), lo convierte en un mensajero de lo nuevo, en un profeta. Y los profeta, como bien ha afirmado el teólogo brasileño Ruben Alves, “no son videntes que anuncian un futuro que se producirá. Los profetas son poetas que diseñan un futuro que puede acontecer. Los profetas sugieren un camino”[3].

No obstante, a pesar de la escasez de datos biográficos, a través de las tradiciones vinculadas a Ezequiel, podemos tener algunas indicaciones de la personalidad de nuestro sacerdote-profeta, o si se quiere, profeta-sacerdote: tiene fuertes visiones; el lenguaje simbólico marca su estilo, tal vez más que ningún otro profeta; se le ve muchas veces abatido, otras casi insensible; durante un tiempo queda mudo. Todo esto ha hecho que algunos psiquiatras y psicoanalistas lo hayan considerado una personalidad enfermiza digna de estudio[4].

Sin embargo, nuestro profeta-sacerdote constituye algo realmente extraordinario en la profecía israelita. Es el primero en profetizar fuera de la tierra de Israel. Y este hecho significa una ruptura y un punto de viraje, fundamental y decisivo, en la historia de la profecía bíblica. Porque al identificar a Yahvé entre los exiliados (Ez 3,23), no ya solo se estaba afirmando que los deportados no estaban solos y que sus caminos no habían sido olvidados por Dios, sino que se estaba afirmando teológicamente, además, la universalidad de Yahvé.[5]

CONTEXTO LITERARIO

1. El libro de Ezequiel

Aunque el horizonte final de lectura del libro de Ezequiel es el exilio, se reconocen en él dos secciones que corresponden a dos etapas fundamentales de actividad de nuestro profeta, y/o de su grupo de discípulos (cf. Ez 8,1; 14,1), grupo que podría ser el responsable directo de la preservación y trasmisión de las tradiciones vinculadas a la actividad de nuestro sacerdote-profeta. Una primera etapa correspondería al período anterior a la destrucción de Jerusalén y el templo (587 a.C.), a la cual responden los oráculos de los capítulos 3,16 a 33,33. Esta primera parte está dedicada a la denuncia de las infidelidades y transporta un mensaje de condenación: Jerusalén y el templo serán destruidos y la monarquía saltará en pedazos (Ez 4-5).

En Ez 22,23-31, ya después de la catástrofe, se denuncia a los responsables: príncipes, sacerdotes, nobles, falsos profetas y terratenientes. Ya en Ez 34 se responsabiliza a los “pastores de Israel” (reyes)[6] y a los poderosos en general de desviar al pueblo de su camino. Pero será precisamente en capítulo 34 el que abrirá el camino para una nueva visión: Dios mismo apacentará a sus ovejas (Ez 34,11-16). Ya el tono crítico cambia para un lenguaje optimista y consolador.

Entonces, a partir de Ez 34,1 hasta 48,35 nos encontramos en una segunda sección. Aquí se habla de renovación de la naturaleza, de un corazón nuevo, de seguridad de retorno a la tierra y de consuelo (Ez 36,1-15). Al final, después de este renacer, se construirá un nuevo templo al que volverá la gloria y la presencia de Dios (Ez 43,1-5)[7].

Pero en la situación en que se encontraba el pueblo le era muy difícil poder escuchar y aceptar palabras de consuelo, promesa y esperanza: “Se han secado nuestros huesos, se ha desvanecido nuestra esperanza, todo ha acabado para nosotros” (Ez 37,11). Y ya aquí nos encontramos en nuestro texto.

2. Una invitación al sueño, a la liberación y a la esperanza

La “experiencia de los huesos secos” (Ez 37,1-14),  se inserta en el conjunto formado por Ez 33-37, que contiene los oráculos de esperanza y consuelo que caracterizan a la segunda sección del libro y del ministerio de Ezequiel. Este texto es realmente el núcleo estructural de toda la sección Ez 33-37[8].

El texto podría ser dividido en tres partes. La primera parte formada por los versos 1-3 donde se introduce la escena, los personajes y los elementos fundamentales de la visión, o más bien de la experiencia personal del profeta[9]. Finalmente tenemos la pregunta dirigida al profeta “¿podrán vivir estos huesos?”. La respuesta imprecisa del profeta, “Señor Yahvé, tú lo sabes”, deja abierta la puerta para la iniciativa de Dios.

La segunda parte está formada por los versos 4-10. Aquí se le da al profeta la orden de conjurar/profetizar, sobre los huesos. Es relevante el hecho de que el profeta no repite las palabras de la orden que Dios le da, sino sus efectos y consecuencias: los huesos recobran la vida, se juntan y se ponen de pie.

La tercera parte está formada por los versos 11-14. El verso 11 constituye el clímax del texto y el vinculo entre 4-10 y 12-14. El verso 11 identifica los huesos con la casa de Israel y su lamento. Y es precisamente este verso el que permite al profeta dar una palabra de respuesta a las lamentaciones del pueblo. Así, en los versos siguientes (v.12-13) ya no se habla de huesos, sino se sepulcros, otro símbolo de muerte. Pero a su vez esta otra imagen de muerte permite pasar a la promesa del don del Espíritu y del retorno a la tierra perdida: de la muerte se pasa a la vida.

COMENTARIO

¿Podría un texto que habla de huesos y muerte evocar esperanza? ¿Podría un texto aparentemente tan lúgubre evocar renovación, transformación y haber sido vinculado a resurrección?

En el texto el profeta dialoga no sólo con los huesos, sino también con el espíritu, realmente con todos los espíritus, dice el texto: “ven espíritu de los cuatro vientos y sopla sobre estos huesos para que vivan”. Es precisamente es en el libro de Ezequiel donde más usa la palabra hebrea ruah, que comúnmente traducimos por espíritu o viento. Y de las 51 veces que se usa en el conjunto del libro, en nuestro texto aparece 10 veces.

Mas la palabra ruah viene de la raíz verbal rawah, que significa percepción de las cosas, de las acciones y de las personas mediante el olor[10]. Tiene que ver con el deleite y el placer de sentir el olor de algo o alguna cosa.

Y es precisamente ese espíritu, que tiene que ver con el deleite y el placer de disfrutar de las cosas mediante el olor y, por tanto, con alegría y felicidad, el que realizará una nueva bendición, el que renovará, el que transformará.

A ese espíritu se le ordena venir de los cuatro vientos, para soplar sobre un montón de huesos, que en la visión/experiencia del profeta significan, sin duda, el pueblo masacrado, humillado, desesperanzado. Y esos huesos son personas que escuchan la palabra, que reciben el espíritu, que hablan y se levantan para hacerse comunidad transformada comunidad renovada, comunidad resucitada. De esta manera, un montón de huesos son la base de una nueva creación, de un renacer: “infundiré mi espíritu en vosotros y viviréis” -espíritu que es deleite, placer, alegría, felicidad- y“os estableceré en vuestro suelo”, o sea, los llevaré de regreso a vuestra tierra. Y esa fue la esperanza que el profeta llevó al pueblo.

ACTUALIZACIÓN

Desde muy temprano este texto de Ezequiel ha sido relacionado con resurrección. Si seguimos la lógica del texto vemos que resurrección es vista como transformación, es renacer, como el montón de huesos aparente muertos sobre los que sopló el espíritu. Resurrección es dejar de ser para ser algo diferente. Resurrección es primavera. Y la primavera es el tiempo cuando todo renace, los campos se ponen verdes. Es un renacer de la vida; es tiempo de renovación; es celebración de la vida, pero una vida en constante transformación y cambios. Podríamos decir que la primavera es un símbolo de la mañana de resurrección, donde lo que estaba aparente muerto, como el montón de huesos de la visión de Ezequiel, se transforma en vida: “los huesos se transformaron y se dieron esperanza los unos a los otros y se levantaron y vivieron y renacieron”.

Y afirmar la resurrección de los cuerpos representa el anhelo de sanar las heridas y satisfacer las carencias de los otros cuerpos. Esa fue la práctica del movimiento de Jesús que se caracterizó por las acciones de resurrección. Empezar por las acciones de resurrección es, como afirmó la teóloga católica brasileña Ivone Gebara, percibir por donde va el sentido de la vida. Y el sentido de la vida no es sólo luchar por la propia vida, sino luchar también por la vida del otro y de la otra[11].

La “la experiencia de los huesos secos”, situada en la perspectiva del exilio babilónico, en una relación de muerte/vida, nos habla del sentimiento de ser abandonados por Dios, de pérdida de identidad, de desesperanza. Pero exilio, como ya hemos comentado, no es sólo deportación o vivir en tierra extraña. Se puede vivir exiliado en la propia tierra; se puede perder la identidad en el propio lugar donde se vive; se puede tener la sensación de que “Dios no está aquí” -aunque podamos cantar que “Dios está aquí”– cuando se vive de espaldas y como “extraños-exiliados” de la realidad en la que Dios nos coloca para ser “mensajeros de lo nuevo”, para ser profetas.  Sin embargo, desde esa perspectiva de exilio, de sentimiento de abandono, de pérdida de identidad, de desesperanza, el texto habla de sueños, de futuros y de esperanzas; el texto habla de aquel Dios que en medio del sentimiento de abandono, de la desesperanza y la pérdida de identidad, camina con el pueblo y que está en medio del pueblo.

En nuestra América Latina, desde otro contexto e historia, encontramos sintonías entre las desesperanzas de ayer, con las desesperanzas de nuestros pueblos de hoy. América Latina ha sido convertida en un valle de huesos; somos pueblo en pleno exilio[12], ante modelos unipolares dominadores y hegemónicos que nos llevan a situaciones críticas. Y ciertamente el libro de Ezequiel, y este texto en particular, pueden ayudarnos a encontrar claves y pistas que nos ayuden a levantarnos y juntarnos, como los huesos de la visión del profeta, en la restauración de la esperanza, en el sueño de un mundo diferente, y en la pasión por la causa de la vida.

Entonces, relacionar “la experiencia de los huesos secos” con la esperanza de la resurrección y de la transformación, puede ser un momento de cambios significativos en nuestra forma de mirar, aquí y ahora, el presente y el futuro, como comunidad de cristianos/nas y latinoamericanos/nas. Porque el texto nos invita a ser también, aquí y ahora, una comunidad resucitada y transformada, que afirme la esperanza de la vida en medio de un mundo en el que parece instaurarse la violencia, la marginalidad y la exclusión de los más débiles, un mundo donde pretende afirmarse la guerra y la muerte.

Finalmente, el texto puede contribuir a reconocer que Dios está con nosotros; que su amistad y simpatías por el dolor son continuas. Ciertamente, la percepción histórica de las semejanzas entre las experiencias de los tiempos bíblicos y de los nuestros puede ser valorada teológicamente en las categorías de la presencia de Dios.[13]

PREGUNTAS PARA LA REFLEXIÓN Y EL ANÁLISIS GRUPAL

1. ¿Cómo un texto tan lúgubre puede hablarnos de esperanza?

2. ¿Cuáles son “los exilios” que como cristiánanos/nas pueden impedirnos reconocer la presencia de Dios “aquí” y “ahora”?

3. ¿Qué debemos transformar en nuestras comunidades para que podamos levantarnos y juntarnos, como los huesos del texto, para ser instrumentos de transformación capaces de trasmitir a todos y todas sueños de futuro y esperanzas?

4. ¿Cómo podemos vivir animados por la esperanza de la vida que renace de entre las sombras de la muerte?

5. Ante la presente realidad de nuestro mundo y de América Latina en particular, como cristianos/nas comprometidos/das con la afirmación de la vida, ¿cuáles son las visiones de libertad y de esperanza que podemos soñar y ayudar a construir?

6. Relaciona con el texto los siguientes versos, que también desde una situación de exilio, escribió la poetisa guatemalteca Julia Esquivel. Presentar los versos y deja que el grupo expresé que sintonía y relación podría tener con Ez 37,1-14. Esta actividad puede ayudar a resumir el encuentro y afirmar nuestro compromiso y  nuestra pasión por la afirmación de la esperanza y de la vida.

“Vivo cada día para matar la muerte,

Muero cada día para parir la vida,

Y en esta muerte de la muerte,

Muero mil veces y resucito otras tantas,

desde el amor que alimenta de mi Pueblo la esperanza”.


[1] Jack Finegan. Light from the Ancient Past. The Archeological Background of the Hebrew-Christian Religion. Princeton University Press, Princeton, New Jersey, 1969, p.225-227..

 [2] Samuel Almada. “La profecía de Ezequiel: señales de esperanza para exiliados”. En: Revista de Interpretación Bíblica Latinoamericana. RECU, Quito/Ecuador, 2000, No. 35-36, p.107.

 [3] Ruben Alves. Palabras de homenaje a Richard Shaull. Servicios de Noticias ALC, Noviembre 12 de 2002.

 [4] Véase José Luis Sicre. Introducción al Antiguo Testamento. Verbo Divino, Navarra,1996, p.239-240 y Milton Schwantes. Sufrimiento y esperanza en el exilio – Historia y teología del pueblo de dios en el siglo IV a.C. Ediciones Rehue, Santiago de Chile, 1991, p.70.

 [5] Milton Schwantes. Sufrimiento y esperanza en el exilio – Historia y teología del pueblo de dios en el siglo IV a.C. op. cit., p.71, 74.

 [6] El término “pastores de Israel” es una imagen que se atribuye a los reyes y dioses en el Antiguo Oriente. Jeremías usa la misma imagen en Jr 21-23,8. Véase Jesús María Asurmendi. “Ezequiel”. En Cuadernos bíblicos, 38. Verbo Divino, Navarra, 1990, p.49.

 [7] En el estado actual de la investigación, Ez 40-48, llamado “proyecto de reconstrucción de Ezequiel”, es difícil de adjudicar a la propia persona de nuestro profeta, ya que hay demasiadas huellas de una larga elaboración literaria. Por el interés de los autores en el templo, más bien parece ser la obra de discípulos del profeta vinculados al grupo de sacerdotes sadoquitas, o sea, la casta sacerdotal que desde la época de Salomón pretendió tener el monopolio sobre el templo de Jerusalén (cf. 1 R 2,13-46); sobre todo si tenemos en cuenta que hasta el 587 a.C. fueron los sadoquitas los responsables del culto oficial en Jerusalén. Véase Rainer Albertz. Historia de la religión de Israel en tiempos del Antiguo Testamento. Editorial Trotta, Madrid, 1999, (v.2, Desde el exilio hasta la época de los Macabeos), p.552-553.

 [8] Samuel Almada. “La profecía de Ezequiel: señales de esperanza para exiliados”. En: Revista de Interpretación Bíblica Latinoamericana. op. cit., p. 115.

 [9] Idem. p.113.

 [10] Ludwig Koehler y Walter Baumgartner. Lexicon in Veteris Testamenti Libros. E.J. Brill, Leiden, 1985, p.877-879.

 [11] Ivone Gebara. “Construyendo nuestras teologías feministas”. En: Tópicos’90 (Aportes para una teología feminista). Centro Ecuménico Diego de Medellín, REHUE, Santiago de Chile, Septiembre, 1993, No. 6, p.118.

[12] Milton Schwantes. Sufrimiento y esperanza en el exilio – Historia y teología del pueblo de dios en el siglo IV a.C. op. cit., p.120.

[13] Idem. p.121.

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