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Buscando el reinado de Dios en un contexto de resistencia y sobrevivencia


Buscando el reinado de Dios en un contexto de resistencia y sobrevivencia *

Algunas consideraciones hermenéuticas

El reinado de Dios en el Antiguo Testamento

Desde tiempos bien antiguos la idea de la realeza de Yahvé formó parte de la tradición bíblica. Por eso, cuando se quiso establecer la monarquía la reacción profética fue “ellos no quieren que Yahvé reine sobre ellos” (cf. 1 S 8,7); y en el Salmo 47 también se canta la realeza de Yahvé y se habla de Él como “Rey grande sobre toda la tierra”.

Pero para entender el sentido de la expresión “Reino de Dios” debemos tener en cuenta la historia de Israel como pueblo. Israel pasó durante su historia por innumerables dificultades: el fin de la experiencia más democrática del tribalismo, la opresión monárquica bajo Salomón, que llevó a la división de la nación en los reinos de Israel y Judá. Posteriormente desaparecieron los dos reinos bajo la dominación de los imperios asirio y babilónico. Pasó también por la experiencia traumática del exilio babilónico, y posteriormente por la reconstrucción bajo el dominio de los persas, lo cual no garantizó la independencia nacional. Después siguió la dominación griega, con la terrible persecución durante los seléucidas que desembocó enla Guerrade los Macabeos en164 a.C., y finalmente la dominación romana en63 a.C.

Durante toda esta experiencia negativa fue creciendo la esperanza de una verdadera liberación y de la aparición de un Mesías que realizase sus esperanzas. La formulación de estas esperanzas constituyó el contenido fundamental de prédica profética. Y estas esperanzas se articularon en las utopías de las que se nutrió el pueblo de Israel, alimentando sus esperanzas de un futuro diferente de paz, prosperidad y justicia.

En los años difíciles del final de la monarquía, periodo de gran militarización, violencia e injusticia social, donde mujeres/viudas y niños y niñas huérfanos eran los que más sufrían a causa de la precaria situación económica, Isaías y Miqueas proclaman, “fundirán y harán de sus espadas arados y de sus lanzas  hoces. Ningún pueblo volverá a tomar  las armas contra otro, ni a recibir instrucciones para la guerra… destruirá para siempre la muerte, secará las lágrimas de los ojos de todos” (Is 2,4, cf. Mi 4,1-5), para finalmente levantarse la figura de un niño indefenso, entre cuyos títulos se encuentra el de “Príncipe de la Paz”, como símbolo mesiánico del reinado de Dios, cuyas bases serán “la equidad y la justicia”  (cf. Is 9,6-7; 11,6-9).

Pero será el llamado “profeta del destierro”, el llamado Deuteroisaías o Segundo Isaías, el que anuncia la esperanza del reinado de Dios. Así, en Isaías 46 se habla de Yahvé con imágenes que lo afirman como rey, pastor y libertador. Mientras que para el llamado Tritoisaías o Tercer Isaías, ya al final del exilio y primeros años del post-exilio, esa liberación es vista como algo totalmente nuevo: “voy a crear un cielo nuevo y una tierra nueva. Lo pasado quedará olvidado, nadie se volverá a acordar de ello” (Is 65,17).

Sin embargo, la expresión “Reino de Dios” propiamente dicha, es una expresión propia del judaísmo tardío prácticamente ausente de los escritos canónicos del Antiguo Testamento. Es un término típico de la literatura apocalíptica, apareciendo por primera vez en el libro de Daniel (cf. Dn 13-14).

No obstante, a pesar de la diferencia de contexto, es común tanto en la visión profética como apocalíptica la afirmación de la soberanía de Dios sobre la historia y la transformación total de una realidad de sufrimiento, dolor y injusticia, en una de paz, justicia y abundancia. Y esa transformación total de la realidad creará unidad, solidaridad y comunidad entre los seres humanos. Y será todo este trasfondo el que encontraremos detrás de la predica de Jesús.

Ya está aquí

Y la idea del “Reino de Dios”, que pasa de la apocalíptica al Nuevo Testamento, constituye el núcleo central de la predica de Jesús. El Reino es el tema principal de su predicación. En los evangelios sinópticos el término “Reino de Dios” o su equivalente “Reino de los cielos” (Mateo), aparece más de 100 veces; y la mayoría de las veces aparece en los propios labios de Jesús.

No obstante, en el Nuevo Testamento no encontramos una definición del concepto “Reino de Dios”. De acuerdo a la tradición neotestamentaria Jesús no trasmitió un concepto del Reino sino que trajo consigo el mismísimo “Reino de Dios”[1]. El “Reino de Dios” es lo que ocurre entre Jesús y los enfermos, leprosos y endemoniados (Mc 1,32-45); es la promesa de justicia y liberación para los injusticiados y los que carecían de derechos (Lc 4,18-19); es sentarse a la mesa con los despreciados y marginados, porque aceptar a los despreciados y marginados es la restitución social que Jesús trae a los “publicanos y pecadores”; es dejarse tocar por la mujer impura y resucitar a la hija de Jairo (Mc 5,25-43); es de los niños y de las niñas, símbolos de todo lo débil e indefenso, que serán los primeros, y cuya fuerza reside precisamente en su debilidad (Mt 19,14). De esta manera el Reino es aprendido y experimentado en lo cotidiano como una fuerza sanadora, liberadora y restauradora por la comunidad de Jesús.

Por eso, a pesar de que la idea del “Reino de Dios” entra en el movimiento de Jesús de la apocalíptica, en contraposición con la mentalidad apocalíptica común que colocaba el Reino al final de la historia, el anuncio de Jesús y de sus discípulos proclama que el Reino no es algo a ser esperado mañana, sino que es una realidad que ya está presente. En palabras del evangelista Lucas, “el reino de Dios ya ha llegado a ustedes” (cf. Lc 11,20).

De manera que ahora ya no se trata de afirmar la soberanía de Yahvé o la esperanza profética de “aquel día” en que la soberanía de Dios se haría efectiva en el mundo (cf. Jl 2,28-32/TM Jl 3,1-5), y reinaría la justicia y la paz (cf. Is 2,2-4; 9,6-7; 11,6-9; Mi 4,1-14); o la utopía apocalíptica de la implantación del “Reino de Dios” como fin de la historia. Ahora es una novedad diferente: “El tiempo se ha cumplido y el reino de Dios está cerca” (Mc 1,15, cf. Mt 3,2); “Esta Escritura… se ha cumplido hoy” (Lc 4,21).

…Pero aún no ha llegado

Ahora, si bien el anuncio de la llegada del Reino fue proclamado por Jesús como buenas noticias para los menos favorecidos, también la tradición neotestamentaria enfatiza que el Reino todavía no ha alcanzado toda su plenitud. Porque ese Reino, que ya está entre nosotros, tiene al mismo tiempo que ser buscado. Por tanto, tiene una dimensión futura, tiene que crecer, tiene que alcanzar su plenitud. Ese es precisamente el mensaje de las llamadas “parábolas del crecimiento” de la cual “la parábola de la semilla de mostaza” (Mc 4,30-32) forma parte. Nótese el contraste entre la pequeña semilla y su crecimiento en un arbusto que puede llegar hasta tres metros. Pero ese crecimiento no vendrá por evolución automática o espontánea. La semilla no crece si no se riega, se fertiliza y se cuida.

También esa futuridad del Reino la encontramos expresada en el Padrenuestro (Mt 6,7-15; Lc 11,1-4). Vale resaltar que se pide que “venga el reino”, y no que “vayamos al reino”. Se enfatiza de esta manera el sentido histórico-temporal, así como la cotidianeidad del Reino. Será precisamente la futuridad del Reino la que afirma que la historia humana tiene una meta. Que la vida humana no es como un “sin sentido”, sino un renacer hacia la plenitud, un caminar hacia la esperanza de un tiempo mejor.

Por eso, releer el Padrenuestro para nuestro presente, es reconocer que esta oración no nos eleva al cielo para que olvidemos lo que sucede en la tierra, sino que nos recuerda a los seres humanos con sus problemas cotidianos que necesitan ser resueltos. Lo que afirmamos cuando decimos “venga tu reino; hágase tú voluntad en la tierra como en el cielo” es que el Reino no es algo del “más allá”, sino del “muy acá”, porque sin esta tierra no habrá salvación alguna, y que, por tanto, el “Reino de Dios” es tan terrenal como lo fue el mismo Jesús[2]. Pero es pedir además que Dios nos ilumine, nos anime e impulse a ser “colaboradores del Reino” en la búsqueda de las soluciones necesarias para los problemas que aquejan a nuestro mundo, para ser librados de todas las maldades y pecados personales y sociales,  para que venga el Reino de justicia y paz, de liberación y fraternidad y sea así hecha la voluntad de Dios.

…Y es señal de liberación

El anuncio de las buenas noticias de liberación para los débiles es la clave que Jesús mismo nos dejó para entender la presencia del Reino. El mensaje del Antiguo Testamento afirma que Dios está del lado de los oprimidos y de los débiles. En el éxodo Dios se rebela como libertador de personas esclavas (Ex 3,7-10). Los profetas denuncian a las personas y estructuras sociales que oprimen y explotan a los débiles (Am 2,6-8; 5,11-14; Mi 2; 3,2-3). Los Salmos nos hablan de Dios como el que cuida a los huérfanos y las viudas (Sal 10,12.14.18); el que liberta a los oprimidos (Sal 12,5; 72,3-4; 145,12), el que protege a los débiles (Sal 12,12-13). Y es a ese Dios al que canta María, la madre de Jesús, al celebrar la llegada de su hijo: “Quitó de los tronos a los poderosos y exaltó a los humildes. A los hambrientos colmó de bienes y a los ricos envió vacíos” (Lc 1,55).

Por eso, “allí donde se busca un orden social más justo; allí donde se respeta y fomenta la vida humana más plena; allí donde los hombres y las mujeres pueden vivir una vida comunitaria más solidaria; allí donde las estructuras de la sociedad buscan favorecer al “débil”, al “huérfano” y a la “viuda”; allí donde el ser humano tiene la libertad y la oportunidad para llegar a ser lo que Dios en su propósito quiere que sea; allí está actuando el Reino de Dios”.[3]

Releyendo el mensaje del Reino desde los dolores, sufrimientos y esperanzas de hoy

Y ciertamente, el Reino todavía no ha llegado en su plenitud. Los sueños y visiones de los profetas de la paz de Dios (shalom) que traería la armonía entre los seres humanos entre sí, y de los seres humanos con la creación toda, todavía esperan su cumplimiento. Basta mirar a nuestro mundo para ver que todavía no ha llegado el día en que “la paz y la justicia se besen” (Sal 85,10) o el día en que “el lobo y el cordero vivan en paz” (Is 11,6).

Ciertamente en los albores del siglo XXI nos encontramos ante una nueva realidad hermenéutica. Nuestros tiempos son diferentes a los tiempos bíblicos, pero, como bien ha señalado Milton Schwantes, “las temáticas de allá evocan a las de acá… Los dolores de ellos son bien parecidos a los nuestros. Las esperanzas de ellos son bien parecidas a las nuestras. Hay una sintonía que traspasa siglos de distancia. Hay una simpatía que supera las diferencias”[4].

Y hoy no vivimos en el tributarismo o el esclavismo. Las crisis y los conflictos de nuestro tiempo tienen causas diferentes a las de los tiempos bíblicos. Sin embargo, no dejamos de vivir, como ellos y ellas, en medio de una profunda crisis, en donde los poderes económicos y políticos dominantes se alzan para dictar normas en un mundo que se ha tornado unipolar. Las técnicas de explotación son bien diferentes. Y hoy no hay lanzas y espadas que fundir para construir implementos de labranza,  sino bombas y misiles, y los más sofisticados medios generadores de muerte que destruir, para que se haga realidad el mensaje de paz, vida, liberación, justicia y solidaridad del Reino de Dios. Aún no ha llegado el día en que todos podamos sentarnos bajo la vid y la higuera y podamos vivir en paz y sin temor (cf. Mi 4,4).  Hoy como ayer vivimos resistiendo y sobreviviendo.

Pero también nuestros sueños y esperanzas por un mundo diferente se parecen a los de ayer. Y es precisamente esa solidaridad en la explotación y en las esperanzas, y el “todavía no” del mensaje del Reino, lo que hace que nos afirmemos en el hecho de que la historia humana tiene una meta, y que es posible un mundo mejor.

Es en medio de esta nueva situación hermenéutica que la Revista de Interpretación Bíblica Latinoamericana arriba, con este número 50, a sus 17 años de publicación. En el primer número, publicado en 1988 bajo la temática “Lectura popular de la Biblia en América Latina – Una hermenéutica de la liberación”, se afirma en su Presentación: “Esta Revista está situada. Se sitúa dentro de las experiencias de fe de las comunidades y de las iglesias. La Biblia está siendo rescatada por el pueblo. Los dolores, utopías y poesías de los pobres se tornaron, a través de las comunidades, mediaciones hermenéuticas decisivas para la lectura bíblica en América Latina y en el Caribe. Esta revista tiene como cuna, la vida sufrida de nuestros pueblos y su tenaz resistencia en dirección de una existencia digna y justa”[5].

Ciertamente en estos 17 años, RIBLA, como comúnmente se la conoce, ha estado situada, en consonancia con el mensaje bíblico, dentro de las experiencias de fe y de compromiso con la vida, la justicia y la paz de “los pequeños” (Mt 25,45); ha sido un canal para rescatar las Escrituras de lecturas opresivas; y además, ha constituido un medio insuperable para la divulgación de la aproximación ala Biblia que hacemos desde América Latina y el Caribe.

Pero como es tiempo de recuento y de caminar por nuevos rumbos en consecuencia con las nuevas realidades hermenéuticas, termino señalando y enfatizando algunos principios hermenéuticos, que a mi entender, deberán continuar identificando el quehacer bíblico-teológico de RIBLA, y del Movimiento Bíblico Latinoamericano en general. Me ayudo para ello de la narrativa de la visita de Jesús a la sinagoga de Nazaret (Lc 4,16-22), único testimonio bíblico de que Jesús haya leído las Escrituras. En ese momento su reflexión fue muy breve: “hoy esta palabra se está cumpliendo”. Y precisamente HOY es la palabra clave para releer e interpretarla Biblia.

Lo nuevo que sucede en la sinagoga de Nazaret es precisamente la interpretación y recreación que Jesús realiza del texto para su época. Porque no es el texto leído por Jesús el que provoca el conflicto con las autoridades religiosas judías (cf. Is 58,6-7; 61,1-3), sino la relectura que Jesús realiza (cf. Lc 4,20-21). Es el HOY SE ESTA CUMPLIENDO lo nuevo y lo radical. Es la afirmación del HOY como el tiempo de gracia y liberación para todos los marginados y excluidos. Es la afirmación de la llegada en Jesús del Reino mesiánico. Reino que se vincula a la denuncia y al rechazo de los esquemas sociales, políticos y económicos opresivos que globalizan la muerte.

Pero para responder a ese HOY, y rescatar y releer para nuestro presente el mensaje liberador del Reino, nuestra relectura tendrá que continuar situada en el lugar correcto, en consonancia con los propios parámetros hermenéuticos que las Escrituras nos brindan. Porque es cierto que toda lectura está ideológicamente condicionada: no hay lectura neutra. Pero tampoco el mensaje bíblico, en su esencia y conjunto, es neutro. A través de las Escrituras vemos que Dios escucha el clamor de los marginados y esclavizados (Ex 3,7). Y el propio Jesús nació entre las personas empobrecidas y oprimidas de Palestina, y escogió vivir y actuar entre ellas, para finalmente sufrir su muerte: la muerte en la cruz.

Y por ese compromiso con “los pequeños”, nuestra relectura tendrá que ser cambiante y contextual, para que sea capaz de responder a los nuevos desafíos que nos llegan del mundo, siendo nuestra aproximación confrontada con la nueva realidad socio-política, económica, cultural y religiosa de un mundo globalizado. Globalización, que por transportar una ideología de exclusión, de hecho significa buenas noticias para pocas personas y malas para las mayorías.

También nuestra relectura deberá ser concientizadora, comprometiéndonos en la participación creadora en la tarea de transformación social para el hacer la justicia y la paz. Concientización que debe comenzar por las propias comunidades que leen y reflexionan sobrela Palabra, de manera que sean capaces de reevaluar las formas de aproximación ala Biblia y la aplicación práctica de su mensaje.

Por eso nuestra aproximación a las Escrituras deberá reafirmar y profundizar lo comunitario y ecuménico. Lo comunitario, porque la Biblia es un libro que fue concebido  para ser leído e interpretado en comunidad; y ecuménico para enriquecer la reflexión bíblica con la riqueza de la diversidad. En esta lectura comunitaria y ecuménica, tanto la contribución de los especialistas como la del pueblo simple serán importantes. El especialista deberá aportar el instrumental y las categorías críticas –en diálogo con las ciencias sociales- pera evitar las lecturas ingenuas, y contribuir a superar los fundamentalismos, que llevan a la manipulación del texto bíblico. Pero al mismo tiempo, y en línea con los propios orígenes de las Escrituras, la relectura deberá ser popular, en el sentido de que todo el pueblo de Dios sea sujeto del quehacer bíblico-teológico. Porque de la misma manera que las preguntas, conflictos y crisis del pueblo de los tiempos bíblicos dieron origen ala Biblia, será precisamente a partir de las propias vivencias, conflictos, crisis, compromisos, necesidades y preguntas del pueblo de hoy, que el mensaje del Reino se hará palabra de Dios para nuestro presente.

Finalmente, nuestra relectura deberá ser profética hacia la propia Iglesia, siendo conciencia crítica de todo lo extraño a la verdad del evangelio, para evitar que se aparte de su identidad y compromiso evangélico con el reino de Dios y su justicia.

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* RIBLA (Quito) (50): [140]-144, 2005. Edición en portugués: “Buscando o reinado de Deus num contexto de resistência e sobrevivência. Algumas considerações hermenêuticas”. RIBLA (Petrópolis) (50): 197-202, 2005.

[1]  Jürgen Moltmann, Cristo para nosotros hoy, Editorial Trotta, Madrid, 1994, p.14.22.

[2]  idem.

[3] Mortimer Arias, Venga tu reino (La memoria subversiva de Jesús), Casa Unida de Publicaciones, México D.F., 1980, p.163.

[4] Milton Schwantes, Sufrimiento y esperanza en el exilio, Ediciones Rehue, Santiago de Chile, 1991, p.119.

[5] Milton Schwantes, “Presentación”, en: Revista de Interpretación Bíblica Latinoamericana, RECU, Quito, 1998, p.5.

Pedro Triana, Ave. Goiás 2547, Casa 20, Barcelona, São Caetano do Sul/SP, Brasil, CEP 09550-051, E-mail: triana231247@yahoo.es y pedro_triana_sp@hotmail.com Telf: res. (11) 4225-1421 y (11) 8362-9220

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