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“Hijos de Israel, ¿No son ustedes para mí como los hijos de Etiopía?” (Am 9,7)


 “Hijos de Israel,

¿No son ustedes para mí como los hijos de Etiopía?”

(Am 9,7)

Pistas y apuntes para una relectura de la Biblia a partir de la negritud

Introducción

La relevancia de releer la Biblia a partir da la negritud[1] se justifica, porque la negritud es, sin duda, uno de los elementos centrales y constituyentes de la memoria histórica y de la realidad política, social y cultural de los pueblos de América Latina y el Caribe.

Refiriéndose a la cultura[2] y nacionalidad cubana, el Poeta Nacional de Cuba, Nicolás Guillén, afirmó que la cultura cubana es una cultura y una nacionalidad hecha de “café con leche”. Quería el poeta con este símil afirmar que la cultura y nacionalidad cubana es una simbiosis de lo negro y lo blanco, junto con toda la gran mezcla étnica y racial que ha llegado a constituir el etnos cubano, en donde ya no podemos encontrar lo negro y lo blanco como productos puros, sino integrado a una mezcla nueva y diferente: el café-con-leche. Pienso que esta realidad presentada por el poeta corresponde a una grande mayoría de los pueblos latinoamericanos y caribeños.

En su amplia producción poética Nicolás Guillén no ya sólo afirmó el orgullo de su afrocubanismo, sino que desde West Indies Ltd. (1934), pasando por Cantos para soldados y sones para turistas (1937), El son entero (1947) y La paloma de vuelo popular (1958), mostró su compromiso con la patria cubana y latinoamericana, con los sufrimientos y marginalidad histórica de sus hermanos de raza, y con todos los desheredados y excluidos del mundo.

Una deuda histórica

Consecuentemente, la temática de la negritud se hace relevante y pertinente por un sentimiento de deuda histórica, de confesión de pecados y de defensa profética para con el mundo negro. Porque América Latina y el Caribe guarda en su memoria, no ya sólo las marcas de la fragmentación dejada por seis metrópolis coloniales  -España, Portugal, Inglaterra, Holanda, Francia y Estados Unidos- sino además, las marcas de la esclavitud de cientos de miles de esclavos y esclavas, que fueron desarraigados de su hogar africano para enriquecer a las metrópolis. Y como bien ha afirmado el ensayista, etnomusicólogo y estudioso de la cultura afro-cubana, Fernando Ortiz,  los esclavos y esclavas llegaron arrancados, heridos, y trozados como las cañas en el ingenio y como éstas fueron molidos y estrujados para sacarles su jugo de trabajo[3]. Pero no sólo fueron arrancados a la fuerza de su hogar natural, sino que fueron destruidas sus lenguas, estigmatizado y satanizado su imaginario cultural-religioso, y vieron, además, rotas sus relaciones y vínculos comunitarios para impedir las rebeliones.

Así, hasta hoy, la cultura blanca occidental se impuso con sus valores y no-valores, con su historia, sus patrones de belleza, y su idiosincrasia[4]. Y ellos y sus descendientes han sufrido no ya sólo la humillación y exclusión económica común a todos los empobrecidos, sino que han sufrido, además, la humillación y la marginalidad de la discriminación y el prejuicio racial, aun dentro de nuestras propias iglesias. Sin embargo, el impacto y la influencia de las culturas africanas han llegado a ser uno de los elementos constituyentes y fundamentales del mosaico étnico, lingüístico y cultural de nuestros pueblos.

Y es una realidad incuestionable y palpable, que hasta el presente, todavía subsisten en la conciencia y en el actuar de las personas sentimientos y actitudes que excluyen, marginan, inferiorizan o discriminan; un racismo velado que se ha dado en llamar eufemísticamente “racismo cordial”[5]. Así se habla del cabello del negro como “malo”, de que sus rasgos físicos son “feos”, y el color de su cuerpo se vincula a lo malo. Sin embargo, la habilidad corporal de las personas negras para el trabajo, el deporte o el baile, su capacidad de resistencia ante el calor tropical, su ritmo, musicalidad y expresividad corporal, no pocas veces han despertado la envidia de las personas blancas. Y será por medio de su cuerpo que conseguirán un espacio de prestigio y poder en el mundo del blanco, y así afirmarse como personas[6].

Caracterizando a la persona de tez negra Leópold Sédar Senghor afirmó, en primer lugar, que es esencialmente religiosa, y cultural y ritualmente celebrante, porque para ella existe un ser supremo, «lo sagrado» que es lo verdaderamente real; en segundo lugar, es simbólica, porque su mundo es el mundo de las imágenes y de lo concreto; todas las cualidades materiales, visibles e inmediatas son anunciadoras de portadora de otras realidades; y, finalmente, es la persona del corazón, porque aparte del cuerpo, de la fuerza vital, de la habilidad, del entendimiento y de todas las otras cualidades humanas, es por el corazón que la persona se define, que la persona vale y es juzgada; para usar la categoría de un proverbio africano: “el corazón del ser humano es su rey”.[7]

¿Los hijos malditos de Cam?

También una lectura de la Biblia a partir de la negritud es relevante y pertinente, porque se hace un imperativo rescatar la Biblia de lecturas opresivas, discriminatorias, excluyentes y racistas, sobre todo teniendo en cuenta que en el período colonial la Biblia fue usada para legitimar la esclavitud y el sufrimiento de los negros, y privarles de sus derechos naturales, al identificar a los africanos con los “hijos malditos de Cam” (cf. Gen 9,20-25; 10).

Sin embargo, por un lado, la investigación bíblica deja claro que, particularmente en Gn 10, tenemos un relato teológico, que no puede ser considerado histórico. En realidad, en estas genealogías no nacen hijos, sino regiones, islas, naciones y hasta imperios. Aquí los hijos no son realmente hijos de carne y sangre, sino hijos espirituales de un padre “maldito” (Cam), que se liga a otro padre ya maldito (Caín) y con un pueblo a quien la tradición bíblica israelita también convertirá en maldito (Canaán: cf. Gen  9,25). E nótese la asonancia literaria de los tres nombres (Caín-Cam-Canaán).

Todo este grupo de naciones coincide con las naciones que oprimieron o le causaron algún daño a Israel. La lista, pues, de “hijos malditos” no es biológica, sino espiritual, y de cierta manera, política y económica. Se habla de hijos, en cuanto tienen el mismo espíritu anti-vida de su padre; pero realmente se trata de naciones que no supieron respetar la vida de las otras naciones vecinas. En dicha lista, es apenas natural que no falten nombres como Egipto, Canaán, Filistea, Asiria y Babilonia. Estas naciones habían sido los opresores principales de Israel. En la última parte de la historia, Asiria había hecho desaparecer a Israel, Reino del Norte (año 722 aec.), y Babilonia había aniquilado a Judá, Reino del Sur (año 587 aec.). A ellos les debían toda la humillación que estaban padeciendo. ¿Podía haber naciones más “malditas” que éstas?[8]

Por otro lado, realmente según Jer 13,23, fue Cus (hebreo: Kushi; en griego: etíope/de piel quemada), y tal vez también Put, a quienes Noé no había maldecido, los antepasados principales de la rama de tez oscura de la familia humana. De modo que en las Escrituras no se establece la menor relación entre la tez oscura de ciertos descendientes de Cus y la maldición pronunciada sobre Canaán. Y esto refuta la teoría de aquellos que erróneamente intentan aplicar a los pueblos de raza negra la maldición pronunciada sobre el hermano de Cus, Canaán, ya que de este último no provino ningún descendiente de la raza negra, sino que fue, de acuerdo a la tradición bíblica, el antepasado de las tribus cananeas de Palestina (cf. Gen 9,24-25; 10,6).

Pero también, en ningún lugar de la Biblia se enseña que Dios maldijese al antepasado de la raza negra. La historia, o tal vez sería mejor decir, la proto-historia, del pueblo de Israel se inicia junto al pueblo negro. José, uno de los hijos de Jacob se convirtió en administrador general de Egipto, un cargo jerárquicamente debajo del Faraón, que era de tez negra (cf. Gen 39-50).

Casi toda la historia que narra el libro del Éxodo sucede en África. Después de su nacimiento Moisés fue colocado en una cesta y lanzado al rio Nilo, siendo encontrado y adoptado por una mujer de tez negra, hija del Faraón (cf. Ex 2). Ya adulto Moisés se casó con una mujer cusita y, por tanto, también de tez negra (Nm 12,1). En Éxodo 15,19-21, el llamado Cántico de Moisés y Miriam, y ciertamente, según la investigación bíblica, uno de los textos más antiguos de la Biblia, podemos identificar elementos y características de los pueblos negros: el canto, y la danza alrededor de los tambores.

En Jeremías 38,7-13 se narra una historia donde aparece un etíope, Ebed-melec, cuyo nombre significa “ministro del rey”, que se valió de su posición jerárquicamente elevada para ayudar al profeta. También en otro libro profético, Sofonías, uno de los llamados profetas menores, el texto bíblico se refiere de él como siendo “hijo de Cus” (cf. Sof 1,1).

Ya en el Nuevo Testamento, todos los evangelios sinópticos son unánimes en afirmar que un tal Simón de Cirene ayudó a llevar la cruz de Jesús hasta el Gólgota. Y Cirene es una región del norte de África. Y en Hechos 8,26-39, se narra el encuentro de Felipe con un etíope, alto funcionario de Candace, reina de los etíopes, que fue bautizado y convertido por Felipe, convirtiéndose así en el primer no judío convertido al cristianismo, ya que hasta entonces el mensaje cristiano predicado por los apóstoles era proclamado solamente en Judea y Samaria.

Leyendo la Biblia con nuevos ojos a partir de la negritud.

Desde su misma llegada a una tierra extraña, los esclavos y esclavas conocieron la Biblia, e inclusive muchos aprendieron la lengua y la escritura de los conquistadores blancos a través de las Escrituras, las cuales también llegaron a ser fuente de esperanza en medio de una situación de opresión, exclusión y marginalidad. De esta manera, la Biblia se constituyó en criterio y norma para interpretar la vida y comprender dónde y cómo Dios estaba presente en medio de sus sufrimientos y angustias asegurándoles la liberación. Por eso, la lectura e interpretación que hicieron llegó a ser muy diferente de la de los opresores blancos, para quienes dejó de ser Palabra viva[9]. Aquí tenemos que señalar como ejemplo las relecturas, a partir de la esclavitud y la exclusión, de salmos y textos bíblicos producto del protestantismo negro del Caribe y América del Norte, plasmados en los espirituales negros, en los cuales, como ha afirmado el teólogo norteamericano James Cone, Cristo aparece con rostro negro[10].

Con todo, como ha afirmado el sacerdote negro brasileño Heitor Frisotti, la historia no cambio, y la Biblia todavía continúa siendo una fuente secuestrada y manipulada para excluir, inferiorizar, discriminar y satanizar, no ya sólo a las personas negras, sino a nuestras culturas aborígenes, también a las mujeres, en fin, a todo lo que es diferente. Pero cada vez que la Biblia es usada para servir a “ídolos” y no al Dios de la vida, en ese mismo instante está siendo negada.[11]

Cabría entonces preguntarnos: ¿Qué significa “leer la Biblia con nuevos ojos” a partir de la negritud? En primer lugar, no significa simplemente preguntar a la Biblia sobre la esclavitud, o buscando personas negras en los textos bíblicos, sino preguntar sobre la discriminación, la exclusión, la pérdida de identidad, el dolor del justo siervo sufriente, la opción por los últimos y discriminados[12]. Porque no podemos llamarnos verdaderamente cristianos y cristianas sin vivir y afirmar la solidaridad.

Y solidaridad es una palabra muy bíblica, ya que el término hebreo hesed, que comúnmente se traduce por amor, significa realmente solidaridad y misericordia (cf. Sal 21,8, Is 54,8; Os 2,21). Termino que es usado en Os 2,21-24, bajo la imagen de los desencuentros amorosos entre un hombre y una mujer, para representar la relación que debe existir entre Dios y los seres humanos y entre los seres humanos entre sí: “Yo te desposaré conmigo para siempre, te desposaré conmigo en justicia y en derecho, en solidaridad  y en compasión. Te desposaré conmigo en fidelidad, y tu conocerás a Yahvé”. Pero solidaridad es también una de las más importantes virtudes que han integrado las culturas africanas al caleidoscopio cultural latinoamericano y caribeño. Ya que el concepto de umbumwe (unidad-solidaridad) es uno de los tesoros más característicos del humanismo africano, el cual será un elemento fundamental en la capacidad de sobrevivencia y resistencia de los pueblos negros[13]. Entonces, para nosotros, cristianos latinoamericanos y caribeños, solidaridad no es algo coyuntural, sino que es un caminar para siempre junto a los oprimidos, discriminados y marginados, compartiendo sus dolores y sus esperanzas. Solidaridad que significa, además, el compromiso de todos y todas, y no ya sólo de las personas negras, de encontrarnos unidos para luchar contra lecturas racistas, y contra todo tipo de discriminación, exclusión y marginalidad.

En segundo lugar, “leer la Biblia con nuevos ojos” a partir de la negritud, significa releer las Escrituras para nuestro presente a partir de nuestras propias raíces culturales. Y esta relectura nos llevará a repensar lo que significa inculturación y encarnación, sobre todo en un contexto como el latinoamericano y caribeño en el cual la incidencia de las culturas africanas ha  sido fundamental y determinante para la configuración del imaginario cultural y de la nacionalidad de nuestros pueblos.

Entonces, se hace necesario realizar una tarea evangelizadora hacia el interior de nuestras iglesias, para combatir ese racismo, unas veces sutil, pero otras veces escandaloso, en la interpretación bíblica, en la teología, en la pastoral, en la liturgia y en nuestras estructuras eclesiásticas. Por eso en el proceso de reencuentro con nuestras culturas afroamericanas se ha hablado de la necesidad del “ennegrecimiento” de los teólogos, de la teología, de la relectura bíblica, y de la pastoral[14].

Finalmente, “leer la Biblia con nuevos ojos” a partir de la negritud, significa el gran desafío de reafirmar que el Dios bíblico es un Dios liberador de personas esclavizadas, marginadas y excluidas (cf. Ex 3,7-12; Dt 26, 1-11); que el Dios bíblico es, además, un Dios de justicia, un Dios de amor, un Dios solidario y un Dios hermano.


________________

[1] El concepto original de «negritud» se nutre de la influencia del marxismo, el psicoanálisis, los movimientos literarios de vanguardia y, con todo ello, de la necesidad de cuestionar las convenciones y prejuicios sociales. Su propósito es recuperar la dignidad de los negros como individuos sometidos durante siglos a la discriminación y el desprecio por su supuesta inferioridad; reivindicar la herencia africana en la cultura y vida cotidiana occidental; exaltar la relación del mundo negro con la naturaleza y afirmar su mayor sentido del ritmo. El movimiento de la negritud tuvo su origen en los movimientos culturales protagonizados por negros, blancos e mestizos que desde las décadas 10, 20 y 30 del siglo XIX lucharon por el renacimiento negro, buscando revalorizar las raíces culturales, africanas, criollas y populares, principalmente en tres países de las América: Haití, Cuba y Estados Unidos. Sin embargo, el término «negritud» aparece por primera vez escrito por Aimé Césaire en 1938, en su libro de poemas “Cahier d’un retour au pays natal”; está íntimamente asociado al trabajo reivindicativo de un grupo de estudiantes africanos en París, a principio de la década del 30 del siglo pasado, destacándose como principales responsables y dinamizadores Léopold Sédar Senghor (1906), senegalés, Aimé Césaire (1913), martiniano, y Leon Damas (1912), ghanés. Esos autores de la negritud nos legaron una obra literaria de gran importancia. Sin embargo, fue Senghor, al asumir la presidencia de su país (Senegal), y con una gran aceptación política, literaria y académica, quien contribuyó decisivamente para la divulgación de la negritud. Véase Biblioteca de Consulta Encarta 2004, © 1993-2003 Microsoft Corporation y Nilton Garrido, “O movimiento da negritude”, en: Alternativas, Ano 1, No 1, junho/julho/2000. http://www.prof2000.pt/users/hjco/alternativas01/pag00009.htm

[2] Cultura, conjunto de rasgos distintivos, espirituales y materiales, intelectuales y afectivos, que caracterizan a una sociedad o grupo social en un periodo determinado. El término «cultura» engloba además modos de vida, ceremonias, arte, invenciones, tecnología, sistemas de valores, derechos fundamentales del ser humano, tradiciones y creencias. A través de la cultura se expresa el hombre, toma conciencia de sí mismo, cuestiona sus realizaciones, busca nuevos significados y crea obras que le trascienden. Véase, Biblioteca de Consulta Encarta 2004, © 1993-2003 Microsoft Corporation.

[3] Fernando Ortiz. Contrapunteo cubano del tabaco y el azúcar, Editorial Ciencias Sociales, La Habana, 1983, p.89.

[4] Denis A. King. “Aportes de la hermenéutica bíblica de los grandes predicadores negros”, en: Revista de Interpretación Bíblica Latinoamericana, RECU, Quito/Ecuador, 2000, No.19, 2da edición, p.32.

[5] José Guido, “Cristianismo e negritude”, en: http://www.guiame.com.br/noticias/gospel/mundo-cristao/cristianismo-e-negritude-coluna-jose-guido.html (27 de abril de 2009).

[6] Jorge Cela. “Cuerpo y solidaridad”, en: Revista de Interpretación Bíblica Latinoamericana, RECU, Quito/Ecuador, 2000, No.19, 2da edición, p.68.

[7] Léopold Sédar Senghor, citado por Nilton Garrido, “O movimiento da negritude”, op. cit.

[8] Ver Gonzalo M. de la Torre Guerrero, “Ecoética, a la luz de Gn 1-11Una clave para releer y comprender los procesos de la creación y de la historia”, en: http://www.mercaba.org/FICHAS/cetese.org/Eco/ecoetica_10.htm

[9] Denis A. King. “Aportes de la hermenéutica bíblica de los grandes predicadores negros”, op. cit. p. 34.

[10] James H. Cone, Black Theology of Liberation, Lippincott, Philadelphia, 1970.

[11] Heitor Frisotti. “Pueblo negro y Biblia: reconquista histórica”, en: Revista de Interpretación Bíblica Latinoamericana, RECU, Quito/Ecuador, 2000, No.19, 2da edición, p.59.

[12] Véase Ouvi o clamor desse povo. Campanha da Fraternidade 1988, Brasília, Conferencia Nacional dos Bispos do Brasil, 1988.

[13] Monseñor Enrique Bartolucci. Citado por Jorge Cela. “Cuerpo y solidaridad”, op. cit., nota 10, p.70.

[14] Denis King. “Pastoral afroamericana”, en: Vida, clamor y esperanza. Aportes desde América Latina, Ediciones Paulinas, Buenos Aires, 1992, p.422.

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