//
você está lendo...
Artigos, Artigos recentes, Biblia - español, Misión - español

Evangelización, misión y diaconía en un mundo global


Evangelización, misión y diaconía en un mundo global *

Introducción

Cuando pensamos de misión y ecumenicidad generalmente hablamos de unidad y misión. Colocando el binomio en ese orden. Sin embargo, bíblicamente hablando la misión viene primero y después el momento de organización de las comunidades. Antes de haber iglesia existió el movimiento de Jesús, donde coexistieron una pluralidad de tendencias y visiones, muchas veces contrapuestas, que encontraron su unidad, por la obra del Espíritu, en la riqueza de su diversidad.

Y es precisamente, una imagen errada y/o falsa de los orígenes del cristianismo, que tal vez tiene su expresión formal en el orden acostumbrado del binomio, la que en gran medida ha llevado a visiones misiológicas, eclesiológicas y ecuménicas equivocadas.

Por tanto, si nos proponemos repensar el sentido de la misión y de lo ecuménico en medio de las complejidades eclesiales y sociales de nuestro presente cubano, latinoamericano y caribeño, conviene colocar las cosas en su justo lugar para evitar repetir nuevos errores.

Dos errores fundamentales

Me ayudo aquí de las reflexiones del conocido biblista Pablo Richard[1]. Según él, esta distorsión de lo ecuménico y del sentido de misión viene de dos errores fundamentales y concretos con relación a los orígenes del cristianismo. El primero es de orden cronológico y el segundo de orden geográfico.

El error cronológico consiste en imaginar que las estructuras de la iglesia derivan directamente del período del Jesús histórico. Se salta un período histórico pues se pasa del 30 d.C. al período posterior al 70 d.C., cuando realmente ocurre la expansión del cristianismo. O sea, que antes de haber iglesia existió el “movimiento de Jesús”. De manera que, primero es el tiempo de la misión, después es el tiempo dela Iglesia.

Por tanto, es algo simplista, como bien apunta Néstor Míguez, pensar del cristianismo como tal, realmente debemos pensar en cristianismos[2]. Para muchos cristianos la Trinidad es: Padre-Hijo-Iglesia, dejando así en el olvido la acción del Espíritu en la larga y polifacética historia que precede la fundación de la Iglesia[3]. Realmente, la visión de un movimiento unificado es la “historia eusebiana oficial” que sirvió para legitimar la cristiandad constantiniana. Es una visión unitaria llevada a cabo por presión externa y no exenta de contradicciones y exclusiones.

Entonces, partiendo de esta imagen idílica y distorsionada de los orígenes del cristianismo como un movimiento único, con una estructura institucional y un cuerpo doctrinal uniforme, donde la diversidad era comprendida como sinónimo de herejía, la imagen dominante dentro del movimiento ecuménico moderno, interpretó las palabras de Jesús de que “todos sean uno” (Jn 17,21) teniendo como trasfondo una visión eclesiocéntrica.

Ya el error geográfico consiste en presentar los orígenes del cristianismo en la dirección geográfica que va de Jerusalén a Roma, o sea, orientado hacia occidente. Esta visión unilateralmente helenizada es una interpretación errada o reducida de las tradiciones neotestamentarias. Errada, porque considera la obra de Lucas y la tradición paulina como las únicas fuentes para reconstruir los orígenes del cristianismo, dejando de lado otras importantes fuentes canónicas, inclusive la propia obra de Lucas y Pablo, así como fuentes no canónicas como el Evangelio de Tomás. De esta manera se deja fuera el área de Galilea (cf. Marcos/Q), cuna del cristianismo, y además, la región de los pobres, del campesinado. También se deja fuera el Sur, o sea, el norte de Africa (cf. Hch 8,26-40; 11,20-21; Ga 2,7-9), es decir, las culturas negras. Además, se pasa por el alto la misión al Oriente, o sea, las culturas y razas no-occidentalizadas (cf. Evangelio de Tomás). De esta manera nace una visión distorsionada occidental, norteada, blanca y des-orientada de los orígenes del cristianismo.[4]

Y será precisamente esta interpretación la que producirá y legitimará una imagen vertical, o sea, Norte-Sur, en la visión misionera de la iglesia. Visión que transportará, consciente o inconscientemente, un fuerte trasfondo ideológico de dominación.

Por eso, recuperar la misión en Galilea es recuperar la memoria de los empobrecidos, como centro de la identidad del cristianismo. Recuperar la misión en el Sur, o sea, Africa, es recuperar la memoria, las culturas y el imaginario religioso de los cientos de miles de esclavos y esclavas que fueron desarraigados de sus lugares de origen y hoy integran el caleidoscopio étnico, cultural y religioso de nuestros pueblos. Pero recuperar la misión en el Sur significa también recuperar la memoria de nuestras culturas aborígenes, muchas veces olvidas, desvalorizadas o marginadas en las visiones misioneras dominantes. Y al hacer esto afirmamos también, simbólicamente, el futuro de todos los pueblos del Sur. Ya recuperar la misión hacia el Oriente es valorizar las culturas y razas no occidentales, y también simbólicamente, el carácter ampliamente ecuménico y extra-eclesial de la misión.

Anunciar y proclamar buenas noticias

En el discurso programático de Lc 4,16-21 se afirma que Jesús ha sido enviado “para anunciar y para proclamarla buena noticia a los empobrecidos”. Y aquí el termino griego que se utiliza, y que comúnmente traducimos al español por “evangelizar”, es un derivado del término euaggeliso, que es la traducción que la Septuagínta, o Versión de los LXX, realiza del término hebreo basar, el cual en su forma verbal significa “dar una buena noticia” (cf. 1 S 31,9; Is 61,1; 1 Cro 10,9; Lc 1,19; 4,43; Hch 16,10; Rm 1,15; 2 Co 10,16). Entonces, la misión no es la principal tarea de la iglesia. La iglesia es enviada a evangelizar, o sea, a proclamar buenas noticias.

Y evangelizar podría significar la proclamación del evangelio mediante simples palabras. Pero el anuncio del Reino va mucho más allá. Anunciamos a través de acciones y de palabras. Porque las palabras sólo tienen sentido si apelan para interpretar correctamente los signos que vienen del mundo, de la sociedad, y que revelan la presencia misionera de Dios en los actos de justicia, de amor y de solidaridad. Se trata de proclamar, o sea, evangelizar mediante la práctica, que incluye palabra y acción, el Reino de Dios.

Por todo eso podemos afirmar que la iglesia sólo comparte la propia misión de Dios. Cuando Moisés es enviado a sacar a un grupo de hebreos de Egipto, es Dios mismo quien entra en el acto misiológico de liberar: “Dios desciende” (Ex 3,7ss). Y en las tradiciones del éxodo, “hebreo” se refiere a grupos marginales y descalificados sociales que vivían al margen de las ciudades estados del Antiguo Oriente[5]. Por otro lado, los profetas son enviados a hablar “Palabra de Dios”. Siendo así, la iglesia es la comunidad que es enviada en misión al mundo en nombre de Dios, a proclamar la buena noticia a los débiles, a los marginados, a los discriminados, a los excluidos.

Por tanto, solamente se da el proceso evangelizador cuando confluyen de manera simultanea varios factores: cuando se proclaman las buenas noticias del Reino, cuando se ejercer el servicio del amor y la solidaridad concreta con quien está necesitado, cuando se trabajar a favor de todo lo que preserve la vida y la dignidad humana, cuando se cuidan y protegen los recursos de la tierra, cuando se denuncian las injusticias que se cometen en nuestro mundo y, finalmente, cuando se lucha por un mundo y una sociedad justa y mejor para todas las personas. Y cuando hacemos esto, “evangelizamos”. Nos encontramos entonces en el campo de la diaconía.

Solidaridad y transformación

La imagen central para pensar sobre Jesús en la tradición neotestamentaria es una relectura de la figura del siervo, a partir de los Cantos del Siervo del Segundo Isaías (cf. Is 42,1-4; 49,1-6; 50,4-9; 52,13-53,12). También la relectura neotestamentaria de las profecías isaianas, retoma la tarea del profeta-siervo, del Tercer-Isaías: “anunciar la buena nueva a los pobres, sanar los corazones quebrantados, proclamar libertad a los oprimidos” (Is 61,1-2), texto que es retomado por Lc 4,16s, en el discurso programático en la sinagoga de Nazaret.

En el evangelio de Marcos, del cual se ha dicho que es “un pintor del realismo bíblico”, pues se mantiene firme en la tierra de Jesús y en su propio contexto[6], el Reino de Dios tiene que ser recibido con la sencillez de un niño (cf. Mc 10,14-15) y con un espíritu de servicio. Por eso se ha señalado que las manos de Jesús aparecen muy destacadas en Marcos (cf. Mc 1,31; 8,23; 9,27), con seguridad porque son símbolos de servicio. Y será precisamente el tema central del evangelio mostrar al mundo no judío el amor de Dios a través de la figura de Jesús, el siervo por excelencia, mediante el servicio del propio Jesús y sus seguidores a todas las personas, especialmente a las personas necesitadas : “el Hijo del Hombre no vino para ser servido, sino para servir” (Mc 10,45). Y este Jesús siervo es colocado como el modelo para la misión de los discípulos y discípulas: seguir a Jesús es servir: “si alguno quiere ser el primero, sea el último de todos y el servidor de todos” (Mc 9,35).

En el libro de Hechos de los apóstoles y en el corpus paulino se insiste en establecer la relación entre la proclamación del evangelio y la diaconía (cf. Hch 6.4; 20,24; 21). Y aquí diaconía significa muchas veces un servicio concreto prestado a determinada persona (cf. 2 Tm 1,8); designa particularmente el servicio de garantizar el alimento, la sobrevivencia, o el “servicio a la mesa” (cf. Hch 6,2). También contribución financiera a favor de personas necesitadas, cuyo ejemplo clásico es la colecta hecha por Pablo a favor dela Iglesiade Jerusalén (cf. 2 Co 8,19; Rm 15,25). Posteriormente el término pasó a designar un oficio particular en la comunidad, un ministerio específico, un carisma al lado del don de profecía, o de enseñanza, o de exhortación. Se llega entonces a hablar del diácono y de la diaconisa como figuras ministeriales particulares de la iglesia, como vemos reflejado en la epístola a Timoteo (cf. 1 Tm 3,8s).

Y en la práctica de la iglesia antigua los diáconos y las diaconisas son encargados, en nombre de la iglesia de prestar ayuda a los necesitados, de llevarles el consuelo como respuesta a sus necesidades, y de traer para el interior de la comunidad el lamento de las personas necesitadas, para despertar la conciencia de realizar acciones concretas a favor de ellas. Estas tareas se reflejan en las funciones que el diácono y la diaconisa tradicionalmente tienen en la liturgia: servir a la mesa en la celebración eucarística, interceder y traer delante de Dios las necesidades del pueblo, proclamar el evangelio de acuerdo con las exigencias del presente y enviar a la comunidad al mundo para realizar el servicio de Dios entre los seres humanos. Y traducido al lenguaje de hoy podríamos decir que el oficio del diácono o de la diaconisa expresa y convierte en efectiva la relación entre la iglesia, y el mundo, entre liturgia y servicio, entre la comunidad y las necesidades de la sociedad.[7]

De manera que en términos bíblicos la diaconía, o sea, el servicio, no es sólo una parte de la actividad de la iglesia. La diaconía es lo que identifica a la iglesia. Por eso toda la tarea de dedicación al evangelio es diaconía, desde la misión, la proclamación, hasta la edificación y el cuidado pastoral de la comunidad. Quien se entrega a la proclamación del evangelio es diácono o diaconisa, siervo o sierva. Por eso no existe en la iglesia evangelización de un lado y diaconía del otro. Todo en la iglesia es diaconía, desde el culto, hasta el compromiso social. Y la vida litúrgica solamente será diaconal y tendrá sentido, si prepara a la comunidad para el servicio en la sociedad.

Pero la diaconía no es tarea, nuestra única tarea es evangelizar, dar buenas noticias, proclamar el evangelio por obras y por palabras. La diaconía es el método, es el camino de la comunidad de Jesús. Diaconía es todo lo que se hace y se dice, pues Jesús es el siervo por excelencia. Somos enviados y enviadas a evangelizar mediante el servicio. Y la diaconía no es sólo el servicio en la liturgia, o el servicio prestado por la iglesia a la sociedad. Diaconía tiene que ser todo en la iglesia. No es un aspecto, es todo el ser de la iglesia y todo lo que la iglesia hace.[8]

Consecuentemente se hace necesario recuperar la visión de que primero es el tiempo de la misión y después el tiempo de la iglesia. Porque haciendo esto desconstruimos la visión eclesiocéntrica con la que se ha interpretado la oración de Jesús, y reconstruimos el verdadero sentido mundo-céntrico, humano-céntrico y cosmo-céntrico y, por tanto, holístico y diaconal de la misión. Ya entonces la ecumenicidad, la koinonía, no será más vistas en términos estructurales e institucionales, sino como unidad que se hace manifiesta en la unión a la misión del propio Dios en el mundo.

Y si el objetivo de la diaconía es crear koinonía, o sea, unidad, comunión, solidaridad. La vocación de la iglesia, como comunidad liberada, es ser signo profético de liberación, solidaridad y transformación. Y solidaridad y transformación no tienen nada que ver con caridad o asistencialismo, que muchas veces crea un sentimiento de inferioridad. Solidaridad y transformación significa enfrentar las realidades humanas, significa reaccionar ante las injusticias y el sufrimiento humano, es dignificar la vida; es ser instrumentos de paz en medio de la violencia que amenaza con terminar las relaciones de fraternidad interhumanas; es ser fermento de esperanza, cuando se quiere matar todas las esperanzas. Por eso se hace necesario identificar los desafíos que condicionan nuestra labor evangelizadora, y nuestro sentido de misión en el presente.

Los desafíos

Si la primera tarea de la iglesia es evangelizar, o sea, “proclamar buenas noticias a los empobrecidos”, evangelizar en nuestro contexto cubano, latinoamericano y caribeño, significa, denunciar todo lo que hace que las personas no puedan recibir buenas noticias; proclamar que la vida plena es realmente posible por la fuerza que Dios nos da, que se manifiesta en la capacidad humana de cambiar la vida colectivamente, de resistir las dificultades y de sobrevivir[9].

La misión de evangelizar en nuestro hoy se concretiza en la unidad (koinonía) con todos y todas en la reconstrucción del cuerpo fragmentado de Cristo, que es la humanidad injusticiada, afirmando el servicio solidario (diaconía) como el camino y el método de la iglesia en su quehacer misionero. Porque la misión tiene que ser concretizada en la unidad de palabra y acción en la labor de la iglesia hacia el mundo. Y será precisamente el quehacer diaconal solidario el que nos hará reconocernos unos a los otros como comunidades unidas en ser fermento del proceso de transformación de toda la humanidad en pueblo de Dios.

Pero en nuestro contexto latinoamericano y caribeño, la opresión, las desigualdades, las injusticias, la exclusión de la inmensa mayoría de la población, constituyen el día-a-día. Esto es producto de
un sistema económico planetario que se identifica con el término de globalización.

Este fenómeno llamado globalización es la marca de la realidad socio-política y económica del presente. La globalización marca los tiempos de hoy, es algo que permea e integra todo y cuyos efectos se sienten de manera cada vez más creciente en toda la sociedad: en la política, en los estados, en las naciones, afectando hasta las instituciones y sistemas religiosos.

Y es cierto que la globalización nos acerca y nos une. Por eso el fenómeno globalizador podría dar la impresión de que nos movemos para un mundo de mayor unidad en lo económico, lo comercial, lo tecnológico, lo financiero, lo político y lo cultural. Por tanto, desde una óptica cristiana tal parecería que estamos dando pasos en dirección al ideal que se proclama en la oración de Jesús: “Padre, que todos sean uno” (Jn 17,21)[10]. Sin embargo, el mismo potencial que tiene la capacidad de aproximar e incluir grupos, sistemas y personas, tiene también la posibilidad y la potencialidad de ser usado para excluirlos[11]. En otras palabras, globalización realmente implica una situación donde más decisiones son tomadas por un número cada vez menor de personas afectando sectores mundiales cada vez mayores.

De esta manera lo que realmente se globaliza cada vez más es la desigualdad social, la liberación del mercado, la fragmentación de las organizaciones populares, el consumismo, la exclusión de personas y países. En fin, la globalización no es una globalización de la vida plena para la humanidad, y sí una globalización de la cultura, de la ética y de la espiritualidad idolátrica de la muerte[12].

Tampoco el campo religioso, queda fuera de la influencia globalizante neoliberal. Bajo su influencia también se globaliza el intimismo, el individualismo religioso, la fragmentación en grupos religiosos, así como el fundamentalismo bíblico-teológico, que al descontextualizar el texto bíblico lo abren a cualquier tipo de manipulación. Ya Franz Hinkelammert alertó sobre la relación entre el neoliberalismo y el neoconservadurismo y el fundamentalismo cristiano[13].

Y una visión latinoamericana y caribeña de la globalización lo constituye el eufemísticamente llamado “Acuerdo de Libre Comercio de las Américas”, que se conoce por sus siglas ALCA. Y el ALCA, en cualquiera de sus variantes, transporta todo un proceso desintegrador de nuestras culturas, de nuestros valores, de nuestras economías y de nuestro hogar natural. Y lo peor es que se quiere que creamos que no existen alternativas ante esta realidad. Se nos quiere arrancar hasta el derecho de soñar con una realidad diferente. Se quiere matar la esperanza. La utopía sería ahora la de una sociedad en la que nadie tenga utopías y esperanzas[14] .

Tampoco la difícil situación que vive nuestro país está ajena a la crisis social, política y económica que existe a nivel mundial y regional. Como cubanos no nos encontramos protegidos de sus consecuencias destructoras. Y esto es así, porque si bien la globalización neoliberal, con su doctrina de unificación del mundo, bajo un modelo de concentración de las riquezas que excluye a los menos competitivos, llevó primero el debate y la lucha al plano económico, ahora, la creciente afirmación de la violencia de Estado, como mecanismo para imponer la voluntad de los fuertes sobre los débiles, a partir de los acontecimientos del 11 de Septiembre en New York, complica aún más la coyuntura internacional, y amenaza directamente nuestro país. Porque la visión actual no es ya sólo hegemónica, sino una visión geopolítica de dominación global, a partir de los centros de poder del Norte.

Consecuentemente, ante la triste y terrible realidad de ver como diferentes grupos humanos y países sufren los efectos destructivos del fenómeno globalizador, como comunidad cristiana nos vemos compelidos a dar un respuesta en consecuencia con el imperativo evangélico: “Yo he venido para que tengan vida y la tengan en abundancia” (Jn 10,10). Por eso la vocación de ser hoy enviados (misión) para dar buenas noticias (evangelización) debe darnos, como comunidad de Jesucristo, la visión de ser, primero, señal profética de denuncia frente a las fuerzas y sistemas que promueven muerte y, finalmente, de ser heraldos de la liberación integral para todas las personas, de afirmación y defensa de la vida, de hacedores de la paz  y de proclamadotes de la esperanza. Porque solamente siendo comunidades que se reconozcan como enviadas en misión solidaria, para servir a todos y todas en la afirmación de la vida, de la paz y de la esperanza, encontraremos nuestra ecumenicidad (koinonía).

Por eso es importante resistir, además, la destructora visión que pretende hacer ver que no hay alternativas. Hay que resistir la ideología de lo “inevitable”. Hay que resistir la desesperanza. Y siendo la función de las utopías dirigir nuestro pensamiento para la construcción de proyectos sociales liberadores alternativos, debemos contribuir a reconstruir las esperanzas y repensar las utopías. Y ante la desvalorización del ser humano, se nos hace un imperativo levantarlo,  afirmando una ética del “ser” que se contraponga a la ética del “tener”. Lo cual significa, también, reafirmar el valor del ser humano como centro y objetivo de la acción económica, mostrando, ante la absolutización del mercado, una ética que asegure la solidaridad y la fraternidad humana, en contraposición al individualismo y la fragmentación desintegradora que alimenta el modelo neoliberal.

Hoy se ha cumplido

La misión de la iglesia de proclamar buenas noticias está estrechamente vinculada al proyecto histórico del Reino de Dios, que afirma la opción por la justicia y la vida plena y abundante para todas las personas. Por tanto, ante los grandes desafíos que se nos impone, y en medio de una civilización en crisis, debemos denunciar la manipulación de la esperanza cuando se la reemplaza por la desesperación o se la confunde con el escapismo de la realidad.

Se impone además que repensemos nuestros esquemas misioneros. Lo cual nos debe llevar a revisar y re-actualizar nuestro discurso bíblico y teológico, nuestra eclesiología, las estructuras que limitan nuestra acción, nuestros modelos de educación teológica, nuestra tradición y creación litúrgica y nuestros modelos conceptuales y prácticos de ministerio.

Nuestra vocación ecuménica debe llevarnos a ser  comunidades que encuentren su identidad y unidad (koinonía) a través de nuestra inculturación en el pueblo donde hemos sido colocados para servir. Porque una iglesia que se convierta en una comunidad que se preocupe simplemente por llenar bancos, y no en encarnarse creadoramente en la sociedad, nunca será fermento profético de transformación histórica y social.

Precisamente uno de los grandes desafíos que tienen las iglesias cubanas es la formulación de una nueva visión misiológica. Una nueva teología misiológica que sea una “teología en la misión”, en lugar de una “teología para la misión”, o sea, que se formule y se reformule en la praxis de la solidaridad y el servicio. Teología en la misión ampliamente ecuménica, inclusiva y humanocéntrica, y que a partir de una proyección extra-eclesial, entre en diálogo con nuestra pluralidad religiosa, que arriesgue el encuentro con la realidad de nuestro pueblo en medio de nuestras dificultades, y que contribuya a que la iglesia cubana se inserte creadoramente, y sin pretensiones hegemónicas, y sin reclamar privilegios en nuestro contexto.

Y esta nueva teología misionera, entendida ésta como solidaridad y transformación, hará que nos transformemos a nosotros mismos, y que nos preocupemos realmente por las necesidades de nuestro pueblo, uniéndonos a otros y otras en el empeño por la afirmación de la dignidad humana, en la afirmación de la paz como el único camino pera el entendimiento de los pueblos y de la correcta relación interhumanas, en la denuncia de la manipulación de la esperanza cuando se la sustituye por la desesperanza, o con el escapismo de la realidad. Teología en la misión que nos lleve, en ese caminar,  a reconocer la acción del Espíritu del Dios dela Vidaen medio nuestro, como única garantía de nuestra fe en la realización de todo futuro de justicia, paz y vida abundante.

Para cerrar, retomo el texto de Jesús en la sinagoga de Nazaret (Lc 4,16ss), texto que forma parte de las llamadas tradiciones del Jubileo bíblico. Tradiciones que han sido entendidas por el teólogo alemán Jürgen Moltmann como anticipación de la liberación del mundo, presencia de la eternidad en el tiempo y anticipación del Reino de Dios en la historia[15].

Lo nuevo que sucede en la sinagoga de Nazaret es la interpretación y recreación que Jesús realiza del texto de Is 61,1-2 para su tiempo. Es el HOY SE HA CUMPLIDO lo nuevo y lo radical. Se trata de declarar el HOY como el tiempo de gracia y liberación.

Por otro lado, en Hechos 2 el nacimiento de la iglesia se anuncia, retomando la perícopa del derramamiento del Espíritu de Joel 3,1-5[16], con la proclamación de la presencia transformadora del Espíritu sobre, jóvenes, ancianos, ancianas, esclavos y esclavas, así como de toda la creación, o sea, retomando la visión liberadora de las tradiciones del Jubileo.

Y la iglesia que nace con la marca de la liberación está llamada a participar en actos de liberación. Esto significa que el valor de la vida humana constituye una parte fundamental de la fe, de la ética cristiana y de la práctica misionera de la comunidad de Jesús. Somos liberados para participar junto con todos y todas en la lucha por un tiempo mejor para nuestro mundo y para nuestro pueblo.

Nuestro HOY significa, empeñarnos en reformular nuestra visión misiológica por caminos de solidaridad y transformación, en reafirmar a la iglesia aquí y ahora como la comunidad que encuentra su identidad y su propia unidad en el servicio. Una iglesia profética, no ya sólo hacia la propia sociedad, sino hacia dentro de sí misma, que afirme, en medio de nuestras grandes dificultades, la solidaridad, la unidad y la esperanza en nuestro presente cubano.

________________


* Este artículo se publicó por primera vez en: Y me seréis testigos – Un acercamiento a la evangelización y la misión desde Cuba, Pedro Triana, editor, Centro de Estudios del Consejo de Iglesias de Cuba, La Habana, 2004, p.107-134

    [1] Pablo Richard, “Los diversos orígenes del cristianismo – Una visión de conjunto (30-70 d.C.)”, en: Revista de Interpretación Bíblica Latinoamericana, RECU, Quito, 1996, No.22, p.7-20.

    [2] Néstor Míguez, “Contexto sociocultural de Palestina”, en: Revista de Interpretación Bíblica Latinoamericana, RECU, Quito, 1996, No.22, p.30.

    [3] Pablo Richard, op. cit., p.9

    [4] Idem. Véase además, Tomás Kraft. “La iglesia primitiva en África”, en: Revista de Interpretación Bíblica Latinoamericana, RECU, Quito, 1998, No.29 y Ediberto López. “Los orígenes del cristianismo y el evangelio de Tomás”, en: Revista de Interpretación Bíblica Latinoamericana, RECU, Quito, 1996, No.22.

   [5] GOTTWALD, Norman K. The Tribes of Yahweh – A Sociology of the Religion of Liberated Israel. Orbis Books Maryknoll, 1981, p.398-409, 417-426.

   [6] Guillermo Cook y Ricardo Foulkes. Marcos. Editorial Caribe, Miami, 1993. (Comentario Bíblico Hispanoamericano, Editor, Justo Luis González), p.35.

   [7] Sebastião A. Gameleira Soares. “Diaconía y profecía”, en: Estudos Teológicos. Escola Superior de Teologia, São Leopoldo/Brasil, Ano 39, No.3, 1999, p.208.

   [8] Idem. p.211-215.

   [9] Idem. p.218.

  [10] Márcio Fabri dos Anjos. Prefacio a la edición brasileña, en: Globalizar a esperança. Edições Paulinas, São Paulo, 1998.

  [11] Idem.

  [12] Pablo Richard. op. cit. p.43.

  [13] Franz J. Hinkelammert. “El cautiverio de la utopía – las utopías conservadoras del capitalismo actual, el neoliberalismo y el espacio para alternativas”, en: Ensayos. Editorial Caminos, La Habana, 1999, p.200.

  [14] Idem.

  [15] Jürgen Moltmann. Dios en la creación. Ediciones Sígueme, Salamanca, 1987, p.287-307.

  [16] Joel 2,28-32 en la versión Reina Valera actualizada, Sociedades Bíblicas Unidas, 1989.

Pedro Triana, Ave. Goiás 2547, Casa 20, Barcelona, São Caetano do Sul/SP, Brasil, CEP 09550-051, E-mail: triana231247@yahoo.es y pedro_triana_sp@hotmail.com Telf: res. (11) 4225-1421 y cell. (11) 8362-9220

About these ads

Discussão

Nenhum comentário ainda.

Deixe um comentário

Preencha os seus dados abaixo ou clique em um ícone para log in:

Logotipo do WordPress.com

Você está comentando utilizando sua conta WordPress.com. Sair / Alterar )

Imagem do Twitter

Você está comentando utilizando sua conta Twitter. Sair / Alterar )

Foto do Facebook

Você está comentando utilizando sua conta Facebook. Sair / Alterar )

Foto do Google+

Você está comentando utilizando sua conta Google+. Sair / Alterar )

Conectando a %s

Seguir

Obtenha todo post novo entregue na sua caixa de entrada.

Junte-se a 511 outros seguidores

%d blogueiros gostam disto: